Poison

Es un paso a la vez. No en el sentido optimista, no es una progresión. Es un café, de nuevo. Un sobre de azúcar, dos sobres de azúcar. Crema en polvo blanco, deja que se disuelva. Es como una nube blanca, entre la negrura. Mátala con el mezclador, toma de nuevo. No te quejes.

No te quejes, porque ya mucho has escrito sobre cómo a ti te afecta el dolor y el daño, sobre cómo a ti te ha caído le pesadez de los días, y sobre cómo a ti te ha tocado. No hay forma esta vez, de pensarte a ti. No de la forma de antes.
Parece obvio que después del daño que ha hecho, todo se va a la mierda. Las consecuencias de sus actos desfilan frente a él y en las estelas de sus perfumes al pasar es contundente un “Por supuesto!”. No podía ser de otra forma. Bueno, si podría, si se pudiera retroceder y magnificar todo lo que pasaría, de seguir con lo mismo.
Sabe que no es la peor porquería, de verdad lo sabe y aunque esos momentos solitarios se lo traten de repetir, afortunadamente él, a diferencia de sus momentos, puede salir de vez en cuando y dar una ojeada a la imagen completa. Y habla consigo mismo, las 24 horas del día. Su soliloquio es permanente, mientras teclea, mientras habla con otras personas y mientras abraza a quienes aún lo quieren de la misma forma siempre.
Sabes bien lo que has sido. Has sido un manipulador y un tramposo, y no te gusta saberlo, pero no parecía importarte en esos momentos claves. Te encanta que te miren, te encanta que te sepan presente. No te culpo, mucho tiempo te sentiste invisible e irrelevante. No nos gusta la retórica moralista, pero sabes que el desquite no debía llegar a costa de quienes vieron en tí un poco más. Sentirte miserable y bajo, es normal. Es invisible, pero normal. Y es normal que sea invisible, has perdido. La historia siempre la escriben quienes ganan, y siempre habrá lugar para las víctimas de gente como tú. No para nosotros, los criminales, cínicos y tóxicos. Nosotros no la pasamos tan mal, pero siempre llevaremos las cargas de los desastres que nuestro triste y desfigurado amor propio deja a su paso.

¿Cuándo aprenderás?

Escuchando a Elton John pienso cómo un tipo del corte de Bowie podía ser tan tremendamente notable y versátil, cuando en realidad ambos pueden hacer del dolor algo suave y hermoso, a veces incluso manejable. No me siento descrito, no me siento identificado esta vez. De alguna forma las pausas y los acordes se sienten como neón y las voces de sus sintetizadores son, de hecho, bastante analgésicos.
Subir, girar la llave, sentir el temblor y el suave ronroneo que a mi señal crece como un pequeño rugido. Parar, mirar. “Lift”, y debajo “Lock”. Qué hace una tapa de gasolina algo cautivador, no lo sé. No logro concentrarme en ella siquiera. Salgo y veo que el día no está tan mal, acelero en la bajada. Acelero en las curvas, acelero cuando cambio mis carriles. Acelero cuando adelanto un camión de mensajería, acelero y me distraigo, y con la displicencia más triste trato de decir “eyes on the road, you stupid cunt”.
Dejé de usar tanto el motor, tal vez para reducir la posibilidad de irme en un fugaz estruendo, irme del todo. No me faltan ganas, pero tal vez aún falte por llegar el momento indicado. No me hallo en ningún lugar, no me hallo en ninguna persona, mucho menos en mi propia persona. Así que camino por las calles de Chapinero, camino por las calles de Teusaquillo. La lluvia cae suave y acompaña los pasos arrastrados, en un restaurante chino suena un programa de concurso. Las personas van con sus vidas entre programas, y los cortes comerciales los dejan momentáneamente sueltos. Llevar la cabeza baja acerca el olor del asfalto mojado, y el frío en el rostro. Debes dejar ir, aunque sepas muy adentro, que no es tan tarde como crees, que aún hay un último intento que puedes hacer.
Ahora son las 5:00 am. La noche de sábado que prometía más alcohol, más amigos y más ruido, terminó a las 2:30. El ruido, los amigos y el alcohol estuvieron bien. Pero nada de eso pudo apartar de tu mente lo que llevas todo el tiempo. La pesadez en el alma y el dolor de pecho permanente, los pulmones olvidaron como respirar y ahora viven a base de suspiros profundos. Lograste tratar de reír un poco más, con dos cervezas fuera de tiempo y un caldo que prometía revivir muertos. Pero son las 5:00 am, y vas subiendo por la mitad de la calle. De nuevo, viendo como los cerros custodian la ciudad, con ganas de tragársela. Ojalá me tragaran a mi. Ojalá pudiera desaparecer, no ser yo. O estar en un lugar donde nadie sepa quien soy, donde ni siquiera me vean.
Susan Sontag entrará a mi bibliografía, gracias a una interesante referencia. “Ella dice algo así, como si te despellejaran. Es una extraña sensación, como perder una parte fundamental”. Gracias, querida amiga. Me gusta que mi vida me haya traído personas como tu, para escuchar, admirar y confiar. Es sólo que hoy me siento como una porquería invasiva y sociópata. Son ya las 5 pm, hace buen sol. Pero es domingo, y la espiral descendente vuelve a succionarme hacia el vacío de ser yo. Y sólo quisiera decirle,

gracias. Me hizo feliz existir contigo.

Published in: on mayo 16, 2016 at 2:06 am  Dejar un comentario