En verdad os digo: No queréis involucrarte conmigo.

9/01/2011

Hoy estoy ebrio, y no me importa nada. Incluso debe saberse que he luchado más de siete minutos con mi teclado para escribir esto. Se siente una levedad absoluta; ni siquiera el peso sentimental obligatorio de aspectos elementales con los cuales canalizamos los choques de los días recurrentes.

Ni siquiera sé sobre qué tema sea oportuno escribir, ni siquiera sé si “Ni siquiera” se escribe separado. Siento las ansias de vomitar, allá escondidas entre las maletas que soñé que traía conmigo, como si fuera a viajar próximamente. Sería enormemente oportuno tener un cuerpo femenino pensando con la misma intensidad que yo (que va! pensando con una intensidad mínima que le haga fijarse en mi quejumbrosa meditación) hasta poder entablar una conversación con la coherencia suficiente para llegar al coito absoluto.

Oh, eres taan directo y taan hiriente, dicen a menudo. Mierda! por qué debo disfrazar mi instinto de follar sólo por una ilusión pseudoromántica que sólo les llevará a la desilusión de saber que la psique puede cambiar su parecer cuantas veces se le antoje?

Tengo un renglón nuevo por delante, pero como yo, a diferencia de otros escritores amaestrados, no me exijo diariamente… sabrá el diablo cuando culminaré esta estupidez pulcramente redactada.

 

15/02/2011

Hoy NO estoy ebrio. Aún así sigo sin darle importancia a nada. Pero lo que me impulsa a escribir es una amalgama de odio, frustración y decepción. Y otras cosas que, o no tienen nombre, o soy muy torpe para recordarlo. El último libro que vi, se llama “El amor es un perro del infierno”. Y sinceramente le daría mil denominaciones más bajas al amor, que la de un perro. Un perro es fiel. Un perro no te deja abandonado, ni te miente a la cara. Un perro no te da excusas estúpidas, para cambiar de amo. UN PERRO NO CAMBIA DE AMO COMO SI CAMBIARA DE CALZONCILLOS.

Entre el escepticismo con el cual me place tapizar el interior de mi cabeza, aún quedan en pie algunos valores que me parecen sumamente útiles, y básicos además. La honestidad no debería ser tan difícil de cumplir, pero bueno… muchas cosas hay fáciles, pero nosotros, la gente común; las complicamos con basura sentimental, adornos de pensamiento colateral. Siento ya la paranoia constante de no poder confiar en nadie, mucho menos cuando hacen promesas de largo alcance. Salir a la calle se vuelve una actividad meramente contemplativa, el contacto se limita a los conocidos que sin prometer han hecho lo que pueden.

Cuando alguien se entusiasme demasiado contigo, desconfía. Cuando alguien se inunde de planes alrededor tuyo, desconfía. Cuando alguien se vea extremadamente entregado, desconfía de su estado de conciencia. Los placeres de la atracción física son excelentes sedantes, pero tienen efectos cortos. Aún sabiendo esto, quienes son -somos- lo suficientemente zoquetes, esperamos. Pero no recordamos, en nombre del pragmatismo, la diferencia: se llama “esperar”, cuando de hecho algo llegará. Cuando no, se llama “Perder el tiempo”. Cuando dejes de creer en San Valentín, verás todo el tiempo que has perdido en nombre de una excusa milenaria.

Cuando las bestias envenenadas de romanticismo despierten, serán lo más parecido a tu hijo amnésico. Se olvidarán de todo lo que han dicho, se librarán de toda responsabilidad sobre sus palabras con la verbigracia propia de las tarjetas de condolencia. Se olvidarán de ti, de tu nombre y renacerán para voltear a mirarte, compasivas y lastimeras.

Y cuando alcen el vuelo para irse, en el fragor de su verdadera esencia, restregarán en tu cara el mismo pene infectado de la ironía, la maldita ironía que te ha dicho día tras día “Tú bien sabes que no te quiere a tí. Quiere a algún otro más imbécil que tú.”

No queda más remedio que verlas alejarse y odiar. Si algo he aprendido de la belleza, es que se ve más brillante con el vaho del odio. Odiar es delicioso, es armonioso, es tan taquicárdico como amar, pero mucho menos alienante. Es como un orgasmo prolongado, lleno de puñetazos al aire. Si tuviera un sable, compraría un dummie de cera, para despedazarlo, barrer el desastre, suspirar un poco y abrir una cerveza.

Mientras tanto, todos ustedes pueden irse a sobar la entrepierna.

 

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Published in: on febrero 16, 2011 at 5:21 am  Dejar un comentario