Forastero

Hace exactamente 6 días, mi ciudad estaba llena de patético patriotismo colorido y orgulloso. Sucede todos los años, sólo que esta vez se cumplieron 200 años de celebrar la misma tontería. Decidí salir a tomar algunas fotos, “algo interesante debe haber, entre tanta ridiculez”, decía mientras limpiaba la lentilla.

Puse un pie en la calle, y empecé a ver como el asfalto empezaba a parecerse a un perro dálmata, mierda! La lluvia me fastidia increiblemente, más que antes. Para todo hay momentos… Para la lluvia, un buen momento sería alguna tarde de un domingo sin nada que hacer, cuando te vale tres cojones mojarte hasta los huesos. Incluso, con buena compañía, salpicar lodo y saltar mojarse y sacudirse y resbalarse no está mal. Porque al final, llegarás a algún lugar, a alguna ducha, a algun sofá, con una cerveza. Entonces, caminé mas aprisa con las gotas riéndose a mis espaldas. Mas o menos 20 minutos andando, pude ver a la chica que me gusta ver a los ojos. Me reconforta, aunque 10 minutos no son suficientes. Una mirada fija, la sonrisa suave, su cuello huele a tranquilidad, a limpieza… Tipo raro yo, en medio de todo, no sé como nos hemos entendido a tantos niveles distintos. No alcanzo a saber como a un Porsche 911 llega a agradarle un tipo como yo, algún Morris del año 60, clásico y agadable, lleno de defectos internos. La beso con el cariño que puedo expresar pese a mi misántropo escepticismo, y me voy presto a internarme en la argamasa del pueblo independizado. Ella, es otra historia. Merece más parrafos con su nombre, mucha más exclusividad.

Creo que me saltaré la parte en la que odio el transporte público con el cual tengo un idilio forzoso. Empiezo a vagar por las calles del centro que hoy rebosa de banderas, sombreros, camisetas, más banderas y la verdad, entre tantas cabezas, muy poca gente interesante. Según la programación habrá un evento en la plaza principal, a doce calles de donde estoy, por lo tanto me tomo mi tiempo y hago tomas distraídas, desenfocadas, esfuerzos fútiles para estar verdaderamente sorpendido cuando encuentre algo que valga la pena. Veo un par de tipos vestidos de época, bromeando con algunos transeúntes, y quiero dispararles… así que lo hago, una, dos, tres veces, y reviso las fotos. Buenas tomas.

Son días como estos en los que apunto el lente hacia cualquier lugar, hacia cualquier persona. Todavía es algo inexplicable el hecho de como un lente puede provocar mas miedo y hostilidad que el cañón de un rifle, o la punta de un cuchillo. Personalmente acepto el hecho de mi mayor comodidad a este lado de la cámara, pero trato de entender el afán de los demás por ocultarse, cubrir su rostro y, si son más audaces, cargar sus miradas de ira como si con eso cayera una maldición sobre mis ojos. A qué le temen? A no tener una expresión de inteligencia, de meditación en mis imágenes? A caer en un plano secundario soportando el protagonismo de algun punto de tensión? Si, señores y señoritas, es así. No siempre las personas son importantes en las fotos! Respeto enormemente a ciertas comunidades nativas con fuertes motivos de propiedad espiritual para evitar con recelo el joven arte de la fotografía. Pero las comunidades citadinas, individualistas y mediáticas hasta la enfermedad; sólo logran causarme ese malestar de quien es terco aceptando su verdad. No quieren que capturemos el vacío de sus miradas, sus poses expresivas y sus expresiones poco atractivas. Tal vez quieran recordarse a sí mismos como nunca fueron, como nunca pudieron ser.

A un par de calles, un anciano toca el violín con parsimonia, con paciencia, casi con la energía de quien suelta una exhalación de agotamiento. Debo admitir que no escuché las notas que rasgaba, bien podía estar tocando la Primavera de Vivaldi, y yo nunca lo escucharía. Tampoco le daría monedas, y en este punto, quien desee; puede dejar de leerme y empezar a odiarme. Supongo que el pobre viejo vio aqui una lastimera oportunidad de ganar dinero y perder dignidad en la calle.

Me pregunto si reirme en la cara de un policía puede acarrearme una noche de prisión. Tres tipos vestidos como RoboCop se acercan amenazantes, indagando acerca de mi origen, de la finalidad de mis fotografías, de mis documentos. Creo que quieren llevarse mi cámara, “por seguridad del cuerpo anti disturbios”. Les explico con paciencia que ellos y sus amigos robotizados no aparecen en ninguna de mis tomas, e incluso les señalo con mas tranquilidad aún, la poca importancia que les puedo dar, lo minimamente interesantes que pueden llegar a ser para mí. Por un momento tuve la tentación de reirme, pero preferí fingir respeto, por los representantes de la autoridad in-competente.

A medida que me iba acercando a la plaza, lo podía sentir. La intranquilidad que aumenta a razón de un punto por persona. Cada dos pasos, 30 personas más en mi misma calle. A mitad de mi recorrido final, un policía con aspecto de bajísimo rango, eleva su voz al mismo tiempo que trata de empinarse en sus zapatos de charol: “LA PLAZA ESTÁ CERRADA! NO HAY MÁS ACCESO! NO TRATEN DE ENTRAR, NO LOS VAN A DEJAR!!” No diré que no le creí, sólo que mi masoquismo es demencial en ocasiones, y le divierte azotar a mi demofobia. Hice caso omiso de sus avisos, igual que los cientos de personas que bien podrían haberlo pisoteado por sugerir semejante idea tan estúpida, ¿Como era posible que la plaza se llenara?

No era tan terrible: sufrí un par de empujones, algunos que se atravesaban. Pero mi pequeño morbo me hace ver atrás y darme cuenta que llego a disfrutar esto. El sol empieza a inclinarse hacia el occidente… Bueno, si no puedes tener personajes significativos, todavía puedes jugar a componer sombras! Incluso mirando hacia el lado contrario del cielo, media luna se asomaba con curiosidad. Era menos desagradable de lo que me temía.

Finalmente me ubiqué a dos calles de la plaza. Estaba llena, era un hecho. Y toda la multitud empezaba a apelmazarse como el río de lodo que no puede ir más allá. Habíamos llegado a la lona que nos detendría, pensé, y me reí de nuestra desobediencia. Subí a la entrada de un edificio con aspecto estatal para poder ver mejor el estado de aglutinamiento, y lo unico peor que la gente empujándose, era lo colorido y chillón de sus atuendos. Mientras todos se empujaban y se lanzaban miradas asesinas para poder acercarse al cordón policial, yo me apoyaba en la pared estatal, comiendo galletas privadas de chocolate, con una risa pública, frente a la intolerancia popular.

Se acabaron mis galletas, así que me lancé de lleno hacia el mar de gente dejando de lado mi palpitante misantropía, y decidido a divertirme un poco a costa de todos los demás. Dicen los médicos que uno de los mejores factores para el funcionamiento de la medicina, es el contacto humano, y le atribuyen bondades interminables. Me concentro en eso, mientras siento la presión de cientos de cuerpos contra mi, y como no soy egoísta, contra todos. Veo un inevitable motín de quienes no pueden entrar a pesar de sus empujones y las palabras filosas que lanzan contra los agentes de la ley, así que empiezo a rodear la calle, para ver la otra entrada de la plaza. Dado que las calles aledañas hacia el oriente son mas angostas, era de esperarse algo un poco más… apretado.

Necio, soy muy necio y terco. Al ver como se formaban en fila, hasta tres calles arriba, seguí su ejemplo. Formado, como cualquiera que me viera diría que soy obediente; volví a echar mano de mi paciencia. Al parecer a este lado de la plaza, todos eran un poco más educados. Destapé mi lente, viendo -de nuevo- como era de amenazante mi querida Canon. Hice -de nuevo- tomas al azar, vi la catedral al final de la calle, contrastando con lo poco que quedaba de sol. Debo decir que si tenía su belleza, incluso en cierto punto llegó a entreverse un cielo rojizo, como al óleo.

Tienen su encanto, las construcciones religiosas. Esta catedral, de frente es algo amenazante, pese a su tamaño provincial. Pero viendola de esta manera,  es un poco más amable. Más lejana, obviamente, oscurecida por su propia magnitud. Incluso el faro impertinente bajo el campanario se posa cómodamente y no me desagrada.

Varios pasos a ritmo de procesión, para darme cuenta que por este lado tampoco sería la cosa. De nuevo, empujones, perdón, disculpe usted, permitame, que pena, no señora esa no es su pierna. Salí de nuevo a las calles anchas, para darme cuenta con gran sorpresa, de que la gente seguía llegando, convencidos de poder entrar a la plaza pese a la ya conocida imposibilidad del acceso.

Poco a poco se acababa la luz, y aunque nadie quería irse aún, el ambiente dejó de parecerme atractivo. Sobretodo porque la multitud empezó a volverse obediente… Qué aburrido! Esquivé gente, serpenteé por entre los puestos improvisados de vendedores: antiguedades, ropa usada, juegos tramposos, juguetes de luces. Había solo uno que llamaba mi atención, un viejo con una nevera gigante vendiendo cerveza… Así que compré una lata, y aproveché el carril central de la gran calle invadida para saborear la amargura deliciosa de mi cerveza, como cuando se saborea la amargura de una mujer con la promesa de nunca ser alcanzada.

Me permití disfrutar de la lata con paciencia, hasta que cinco calles más abajo expiró mi placer. No habiendo nada más que hacer, empaqué mi cámara, y me dispuse a retomar mi tormentoso idilio con el transporte público, igual de atestado de gente, con los mismos colores y sentimientos patrióticos de la mañana, pero un poco más sudados, cansados y oliendo a comidas callejeras. Pocos días existen en los que se puede tener el gusto de observar la psicología de las masas, sobretodo cuando idolatran a un enano arrogante. Al final la frustración de no poder ver el tan anunciado show, dejó de existir, gracias a mi madre, que lo grabó por televisión.  Gracias, Mamá! Gracias, T.V!!

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Published in: on julio 26, 2010 at 9:45 pm  Dejar un comentario  

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